In La ciudad que no miramos
Por Diego Ginestra, Profesor, Coordinador del Área Cultural y Pedagógica del Espacio Unzué; Ex Coordinador Federal del Programa Cultura e Infancia (ex Ministerio de Cultura) y Fundador de Barrilete Cósmico (educadores itinerantes).
Hoy en día y, ante las noticias que vuelven a poner en discusión las propuestas que desde el mundo adulto (llámese Estado, ONGs, familia u otros) ofertamos a nuestrxs pibxs, mecidas en ese péndulo de la niñología que va del más rancio conservadurismo a esa actitud progre que solapadamente esconde (muchas veces sin intención) prácticas opresivas, es que nos replanteamos la manera de vincularnos.
En varias oportunidades, en reuniones de trabajo y planificación, hablábamos de la figura del cómplice y nos servía como punto de partida para dar cuenta de una actitud al encontrarnos con los pibes y pibas, para ver qué onda. La complicidad implica gestos, guiños, solidaridad, reconocimiento mutuo, involucra una fuerte cualidad no moral, un guiño de no juzgamiento previo. Somos cómplices con los pibes cuando nos encontramos en un territorio arrasado, somos cómplices con las pibas cuando logramos afectarnos sin protocolos previos; somos cómplices de las pibas y pibes cuando hacemos la confianza cada vez e intentamos ganarle al “no se puede”.
Parece así, que la complicidad no juzga; no somos educadores evangelizadores con una moral superior que entregan redención y emancipación. Pero también parece que la complicidad no alcanza, que no proyecta en el tiempo, que produce un vínculo excesivamente pasajero y poco generoso. Mirar para otro lado también es un gesto de complicidad.
La complicidad es la actitud que nos permite reconocer la posibilidad, reconocer los límites de las situaciones que nos tocan y los límites de lo que somos capaces de hacer: un encuentro sin moral como horizonte, con guiños de no juzgamiento previo, le quitan lógica de medio-fin al encuentro con los pibes, hace que no queramos obtener nada de ellos ni ellos nada de nosotros. Propiciar esto hace que nos revelemos mutuamente: los encuentros son espacios de aparición.
Incorporemos, para seguir pensando, la palabra aliadx. Nos unimos con otrx para conseguir un fin, para visualizar un proyecto que se entreteje en la penumbra de su cotidianeidad; no se puede ser aliadx sin vínculo, sin construcción permanente de confianza, sin presencia.
Buscamos encontrar el lugar que nos permita avanzar, construir. Un lugar difícil porque implica compromisos y renunciamientos; disciplina, dureza y flexibilidad. Necesitamos para esto encontrar lo común en la diferencia y empezar a tejer los acuerdos necesarios.
Las alianzas, cualquier alianza, es un encuentro de intereses, ponés y dejás cuando te alias con alguien, y esa apuesta, esa alianza, afecta, modifica, frustra, potencia.
Somos aliados de lxs pibxs en las cosas que puedan ir saliendo; ser aliado/a implica un sin número de acuerdos que se hacen permanentemente, es construir solidaridad, pactos, encuentros y también medir, especular y calcular. Es ser parte, sin tener el control del destino final.
Es saber que no siempre nos quieren de aliados, que muchas veces alcanza con cómplice. Es entender que muchas, muchísimas veces no te quieren ni como cómplice.
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