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Alejandro Barrios, economista, docente de la Universidad de Buenos Aires, de la Universidad de Moreno y de la Universidad Metropolitana por la Educación y el Trabajo, integrante de El Sur no espera.

Los medios de comunicación y no pocos comunicadores están argumentando que nuestro país necesita financiamiento y que, de conseguirlo, podría continuar sin problemas. De ahí que se vea con buenos ojos la llegada de capitales financieros en el 2016, 2017 y en el primer bimestre del 2018. El mundo nos “apoya”, el mundo “cree” en nosotros, decían comunicadores y funcionarios hasta no hace mucho.

Esta primera etapa de financiamiento voluntario (de los mercados) se terminó y por eso se entra en la segunda etapa (la final), cuando el PEN se ve en la necesidad de recurrir al financiamiento institucional. Este tipo de financiamiento, a diferencia del voluntario (primera etapa) pone condiciones y las del FMI son muy duras, ya que sabe que es la última etapa, por eso se lo caracteriza como prestamista de “última instancia”.

¿La ayuda del FMI termina con nuestros problemas? Para los que creen que solo necesitamos financiamiento la respuesta debería ser: ¡sí!

Para los que argumentamos que estamos frente a una crisis económica desde hace más de dos años, pero que muchos no la veían porque el financiamiento la había cubierto con un velo, el programa de ajuste que requiere el acuerdo con el FMI profundizará la crisis.

Algunos datos oficiales (INDEC) en el diagrama siguiente:

 

 

Si el crédito del FMI llegara a ser de 30.000 millones de dólares, como mucho, solo alcanzaría para pagar el déficit de cuenta corriente del año 2018 que todos estiman mayor que el del año pasado.

Pero como además tenemos otros déficits y la manera que ha elegido el gobierno nacional para financiarlos es con deuda externa, la necesidad de nuevos capitales sería muy superior a la obtenida con el FMI.

En el año 2017, el déficit fiscal fue de 629.050 millones de pesos, de los cuales 224.907 millones fueron solo para pagar intereses de la deuda pública. Esto implica un déficit fiscal de 6,1% del PIB, que al tipo de cambio oficial de diciembre de dicho año ($ 18,65) son alrededor de otros 30.000 millones de dólares. A este déficit habría que sumarle el del Banco Central (cuasi fiscal), especialmente el que se incurre por el pago de intereses del creciente stock de las LEBAC (1,5 billones de pesos). El próximo martes 15 de mayo vencen un total de 670.000 millones de pesos en LEBAC. Esto agregaría, a los anteriores, un déficit de 1% del PIB. Ya estaríamos en un déficit total de dos cifras (12% del PIB).

Por lo tanto, si se suman los déficits (externo, fiscal y cuasi fiscal) parece evidente que esta bomba de tiempo no tiene una solución financiera: los 30.000 millones de dólares que se “consigan” en el FMI servirán solo para pagar los viajes de turismo de invierno de la clase alta, la fuga de divisas de las empresas extranjeras radicadas en nuestro país, el pago de intereses de la deuda pública y para que la formación de activos externos de los particulares siga aumentando (dólares al colchón).

Discrepamos con los economistas que dicen que no estamos frente a una crisis económica (destrucción de empresas y de empleos, estancamiento del consumo masivo, inflación, déficit externo) y que, consiguiendo financiamiento, se termina la actual corrida cambiaria y se puede seguir como veníamos. Si seguimos como en 2016, 2017 y primeros meses de 2018, continuaremos transitando un camino que volverá a poner a la sociedad argentina frente a una crisis generalizada.

Costó mucho recomponer la representatividad política luego de la crisis del “que se vayan todos”, sería un crimen volver a poner en riesgo la democracia argentina. La clase política le debe a nuestro pueblo una propuesta de salida de esta crisis económica que seguro no es un plan de ajuste del FMI.

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