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Jorge Taiana es diputado del Parlasur, ex Canciller de la Nación y Director del Centro Internacional de Estudios Políticos de la Universidad de San Martín. Ex preso político de la dictadura, sin dudas es uno de los dirigentes peronistas más reconocidos por su capacidad de analizar la realidad nacional e internacional desde su compromiso militante. En una charla cordial con Jorge pudimos tratar temas tan diversos como la necesaria unidad opositora de cara al 2019, el histórico obstáculo que la llamada “restricción externa” impone al desarrollo económico impulsado por los procesos populares y un mundo multipolar y complejo que pone en tensión permanente los intereses nacionales frente a las tendencias globalizantes.

 

– Ya transcurrieron más de 2 años del gobierno de Macri, los indicadores sociales y económicos son negativos sin embargo el gobierno plantea que el ajuste era necesario y que “lo peor ya pasó”. ¿Vos cómo ves esta situación?

Jorge Taiana: La situación nacional no se ve bien. Hay un intento de reinstalar un modelo neoliberal en la Argentina, con las consecuencias que ya conocemos. Pero con una situación internacional bastante distinta a los noventa, cuando estuvo en auge el neoliberalismo en el mundo. Se quiere imponer un proyecto que, en general, concentra la riqueza, produce mayor desigualdad, debilita el rol del estado y destruye puestos de trabajo en el sector formal de la economía, en especial en la industria, en un marco de inserción internacional que pareciera ir a contramano de los tiempos que vivimos. La situación económica no es buena y por eso es que el gobierno debe postergar semestre a semestre el tan mentado futuro mejor. Lo cierto es que tenemos una paulatina desindustrialización producto de la apertura, un altísimo nivel de especulación financiera y de endeudamiento externo. Este es el tercer gran ciclo de endeudamiento externo de la Argentina, todos conocemos como terminaron los anteriores, así como los grandes males y graves consecuencias que le infligieron a nuestro país. Respecto al futuro podemos decir que se parece bastante a lo que están mostrando los principales índices en estos días que dicen que bajó el desempleo, pero cuando uno analiza en detalle los datos se puede ver que cayó el empleo industrial y creció mucho el empleo informal, el empleo precarizado. Es decir, el mercado de trabajo va hacia una mayor precarización laboral, a una caída del empleo formal, acompañado de una pérdida de derechos y de un retraso del salario frente al costo de vida. La inflación está lejos de bajar a los niveles prometidos, las economías regionales están en crisis y la industria, en especial las Pymes, están siendo castigadas por la caída en la demanda y por la apertura económica. En resumen, la perspectiva no es buena. Eso no quiere decir que el gobierno colapse, pero está claro que la gente va a seguir perdiendo derechos, poder adquisitivo y trabajo. Va a continuar el endeudamiento, la inflación seguirá en un nivel alto y el crecimiento no será significativo.

-¿Cuál es tu visión respecto de las iniciativas tendientes a generar un proceso de unidad en el campo popular de cara al 2019?

JT: Para que haya un gobierno popular hay que triunfar en las elecciones del 2019. Hay que derrotar a Macri, al proyecto de Cambiemos. La mayoría de los argentinos no tiene una opinión positiva sobre Macri ni sobre su gobierno. Así que es razonable pensar en derrotarlo, pero para ello es necesario recrear algunas condiciones: hay que generar un gran movimiento de unidad del peronismo que ha sido tradicionalmente la columna vertebral del movimiento nacional o del frente nacional, pero también hay que sumar a sectores de la izquierda, radicales, de centro y, sobre todo, sectores productivos, científicos, estudiantes, comerciantes. Este conjunto de sectores debe unirse con el objetivo de ganarle a Cambiemos.  Esta unidad es posible porque existen amplios sectores de la sociedad que sufren las consecuencias negativas del actual modelo, a la vez que ya no tienen expectativas y descreen de las promesas de un futuro mejor. Tienen claro que el gobierno está agravando todos los problemas de la Argentina. Si la Argentina tenía problemas antes, los problemas que tiene ahora son más serios, más graves y de mayor profundidad y, por lo tanto, la unidad del espacio nacional y popular es un requisito, yo diría, imprescindible para derrotar al macrismo y conformar una alternativa que devuelva la esperanza y los derechos, respete el trabajo, el salario y la industria nacional. Es cierto que la tarea es compleja porque la derrota del año 2015, como todas las derrotas, produjo dispersión. Pero creo que la dispersión ya terminó y ahora comienza otra etapa. En ese sentido a fin de año, el debate sobre la reforma previsional fue el punto final del proceso de dispersión, se empezó a ver la necesidad de reagruparse y de hablar entre sectores que no tenían diálogo o no podían entenderse. Ese proceso de unidad es complejo. Requiere cierta humildad de todos los participantes para poner por delante el objetivo de ganar. Se deben escuchar mucho las necesidades de todos los argentinos que están sufriendo las políticas del gobierno de Cambiemos. Y en este proceso de unidad tiene que haber acuerdos básicos: cuáles son los puntos en los que el grueso de la sociedad entiende que deben ser el eje de un gobierno a partir del 10 de diciembre del 2019, cómo se va a desarrollar el proceso de unidad, cómo será la selección de candidatos. Es importante atender a las demandas sociales, poner el acento en la defensa del trabajo, del salario, de la industria pequeña y mediana de capital nacional y de las economías regionales. Hay que poner el acento en la integración regional. La unidad debe darse en el marco de un proyecto distinto y alternativo al proyecto neoliberal que lleva adelante Cambiemos. No se va a triunfar si lo que predomina es la idea de hacer una especie de amarillo light como oposición a Macri. Esa idea fracasa irremediablemente porque la gente va a preferir el original frente a la copia. Lo que hay que hacer es lo que siempre hizo el peronismo y el movimiento nacional: tener un proyecto distinto alternativo basado en nuestro potencial humano, basado en la defensa del interés nacional y del trabajo argentino. 

– Hay quienes sostienen que a lo largo de la historia, los gobiernos de sesgo popular han impulsado procesos de recuperación y desarrollo económico nacional, pero encontraron siempre una dificultad enorme para sortear lo que algunos economistas llaman “crisis de restricción externa”. Este límite de los proyectos nacionales, que parece insalvable, ha permitido a los sectores dominantes recuperar la iniciativa política. ¿Qué visión tenés sobre este planteo?

JT: – Es interesante porque el tema refiere a un debate previo. Hay mucha gente que discute cuán peronistas han sido los gobiernos de Néstor y de Cristina y lo único cierto es que han sido demasiado peronistas porque hemos tropezado con la misma piedra en los períodos del 45’ al 55’ y del 2003 al 2015. Saquemos el 73-76 porque hubo una serie de condiciones excepcionales. Fue lo mismo en los períodos que señalé, un modelo de desarrollo basado en la demanda, en el trabajo, que no logra superar la crisis de la restricción externa. Eso tiene una serie de componentes técnicos importantes. Creo que habría que considerar cómo pensamos un modelo de desarrollo sustentable para la Argentina, teniendo en cuenta el grado de globalización y de integración productiva que existe y la aparición de un mundo distinto. No es la Argentina que va a comenzar el 10 de diciembre de 2019 la misma que tuvimos del 2003 al 2015 y mucho menos la misma de 1945 al 1955. Lo que está claro es que las tres banderas son las mismas. La justicia social, la soberanía política y la independencia económica tienen que ser la guía para actuar. Pero el modelo de desarrollo tiene que ser distinto por muchas razones. Primero porque, efectivamente, hay un grado de globalización que era desconocido antes y la integración productiva de las grandes empresas, incluso las multinacionales, ha avanzado mucho. Segundo porque hay que una agenda nueva que debemos incorporar como la protección ambiental y los efectos del cambio climático. Nosotros nunca habíamos pensado un modelo de desarrollo en donde el ambiente no fuera más que una variable fija que se mantiene constante. Bueno, el ambiente no es más constante. Resulta que las riquezas naturales pueden desaparecer, el clima puede modificarse. Entonces tenemos que incorporar una dimensión de sustentabilidad en el modelo de desarrollo que no hemos tenido en cuenta seriamente en la elaboración de los proyectos. Creo que parte de la respuesta a la crisis de la restricción externa tiene que ver con dos o tres elementos: primero, pensar que el desarrollo argentino no es simplemente un problema de crecimiento económico. Es falso que si crecemos muchos años a tasas chinas desaparecen la pobreza y la desigualdad. Tenemos que pensar que nuestra sociedad está más fragmentada social, económica y productivamente y por eso necesitamos un modelo de economía, de generación de trabajo y de generación de riqueza que tenga en cuenta esta segmentación y que funcione a distintas velocidades. No es lo mismo lo que podemos hacer en la tecnología de punta, en la robótica, en la biotecnología, en la energía nuclear, en el desarrollo espacial que lo que podemos hacer en la pequeña y mediana empresa, o bien en los sectores de la economía popular a los que tenemos que dar apoyo técnico, desarrollo, mercados y un nivel de protección importante. Ese es un segundo elemento. El tercer elemento que creo decisivo es la integración regional. Hay que abandonar la idea de que existe el desarrollo sustentable para un país como la Argentina que puede armar un modelo de desarrollo basado simplemente en la sustitución de importaciones. No es sustentable. Tropieza inevitablemente. La única forma que yo veo de sortear la restricción externa es a través de una integración regional, que no es una liberalización  comercial como se la pensó a principios de la década del 90, sino una integración multidimensional  y, sobre todo, productiva, capaz de generar cadenas de valor. Eso es lo que nos puede dar el tamaño, la dimensión, la espalda y la fortaleza para aguantar la presión externa y para ganar autonomía como país y como región. En este mundo globalizado sin integración, creo que no hay posibilidad alguna de desarrollo sustentable y de romper la restricción externa. 

– ¿Cómo interpretas los fenómenos políticos que se están dando en el mundo, atravesados por esta tensión entre los intereses nacionales y los paradigmas globalizantes?

JT: – En el mundo hay un cambio grande que se debe a varios elementos. Una es la revolución tecnológica que tiene casi cuarenta años, que está transformando muchísimo las relaciones de poder, la forma en que se genera y se acumula el poder. Está teniendo efectos de lo más diversos en todas partes. Cómo nos comunicamos, por ejemplo. También ya hemos atravesado el fin de la guerra fría, el derrumbe del muro y la época de la unipolaridad de la gran potencia económica, Estados Unidos. El punto máximo de esto fue en 2003, cuando EEUU encaró unilateralmente la guerra contra Irak. Estamos entrando, en lo que nosotros vimos en aquel tiempo y por eso la política que pusimos en marcha con Néstor e implementamos con Cristina, de considerar el mundo en su faceta (cada vez más) multipolar. Un mundo multipolar en lo económico primero, después en lo político y por último en lo militar. Eso se ha consolidado. Estamos avanzando hacia un mundo multipolar. El mundo multipolar es un mundo con fricciones, porque es un mundo en el que están cambiando las relaciones de fuerza y se desplazan del norte al sur y del oeste al este. Eso, en general, produce fricciones, violencia y más complejidades. Ante eso, un país como la Argentina, en esta etapa de globalización y de desarrollo, fundamentalmente de la versión financiera de la globalización, lo que tiene que hacer es mantener su defensa del multilateralismo, que no es lo mismo que la mutilateralidad. La defensa del multilateralismo es la defensa de un mundo con reglas lo más democráticas posibles y respetadas por todos. No es lo que está pasando hoy en el mundo. Nosotros lo sabemos bien porque somos un país que tiene parte de su territorio ocupado por una potencia extranjera. Sabemos que las reglas del comercio no son justas para los países menos desarrollados y que los organismos financieros internacionales son profundamente injustos y responden a los intereses de las grandes potencias. Ahora, en ese mundo, hay emergencia de distintos liderazgos. Hay un liderazgo que se consolida bastante en China. Lo de Xi Jinping es muy importante y termina de pasar hace unos días, cuando la Asamblea del Pueblo ratificó las modificaciones constitucionales. Hay un liderazgo que se consolida en Rusia. Dos de las grandes potencias del mundo, potencias nucleares, consolidan su liderazgo y no casualmente el año pasado la estrategia de defensa de Estados Unidos dejó de tener al terrorismo como enemigo principal y en ese lugar colocó a China y a Rusia.

Al mismo tiempo en Europa están pasando fenómenos complejos. El desarrollo de la Unión Europea que fue muy atractivo para muchos se resquebraja. La salida del Reino Unido de la comunidad es un hecho muy impactante. Aparecen en Europa una serie de liderazgos que ellos llaman “populistas”. Un populismo distinto del nuestro porque no es un populismo popular, es un populismo xenófobo, anti-inmigrante y fascistoide. Porque en buena parte del mundo, y sin duda en los países más desarrollados, lo que se está debilitando es lo que supo ser el Estado de Bienestar. Ese Estado que se construyó con garantías para todos se está destruyendo, se está achicando, en favor del capital financiero, de una creciente tercerización del empleo y de una respuesta cada vez más xenófoba. Ese mundo que abandona la idea de la igualdad, que es la que ha estado en buena medida detrás del Estado de Bienestar es un mundo que se polariza. Uno pensaba que la crisis del neoliberalismo del 2008 iba a producir un crecimiento automático de las fuerzas más populares y de izquierda. Pues no, lo que está produciendo en Europa es el crecimiento de la derecha, y acá en la región también. Nosotros teníamos gobiernos populares porque empezamos antes, curiosamente América Latina y en especial América del Sur, fue la primera región que reaccionó contra los males que producía el neoliberalismo, fue la primera región en ponerlo de manifiesto y avanzó en la integración regional y en tratar de tener democracias más participativas. Se avanzó un poco, no lo suficiente y luego de la crisis de 2008 todo se hizo más difícil. Pensábamos que luego de esa crisis el neoliberalismo iba a estar en mayor retirada, pues no, se ha fortalecido. Ha vuelto a tener partidos de derecha competitivos y ha hecho una alianza muy particular en la que están los partidos de derecha, el poder económico tradicional de cada país, el capital internacional financierizado, los grandes medios de prensa y buena parte del aparato de administración de justicia, que se han coordinado con un nivel extraordinariamente alto. Basta leer las noticias de los distintos países de la región para ver que las críticas que se hicieron de los gobiernos populares son las mismas en todas partes. Creo que estamos en un territorio en disputa. Este año hay elecciones en México, donde puede haber un cambio importante. También hay elecciones en Brasil, además de la elección que tenemos en abril en Paraguay y un poco más adelante en Colombia. Pero lo cierto es que Brasil y México son los dos grandes países de la región. El tercero es la Argentina. Así que lo que pase en esos dos grandes países, sin duda, va a marcar las perspectivas o las posibilidades o el espacio para reconstruir más rápidamente una propuesta nacional popular, progresista, democrática y latinoamericana. 

 

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