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ph Leandro Otero

TEATRO

“El arte siempre es mejor que la realidad. Pero a la vez, nadie iguala a la vida”, parafraseó a sus personajes de Tebas Land Sergio Blanco para hablar de sí a dos voces en una charla de café, cuando estrenaba aquella monumental obra anclada en el mito de Edipo. Hoy en cartel y bajo la dirección también de Corina Fiorillo, en Timbre 4 (México 3554), se pueden ver en la escena de Boedo las directrices de la poética en serie acerca de su arte sobre el mito, en un pasaje de sala a sala, que va de la tierra de Edipo a La ira de Narciso (viernes a las 20:30). En la actuación se destaca Gerardo Otero, un intérprete único que logra llevar al espectador a la zona de la profunda sensibilidad y empatismo. En esta pieza no se dará la excepción.

La ira de Narciso a nivel explicativo es un monólogo a la primera persona que relata la estadía de Blanco en la ciudad de Liubliana (Eslovenia), adonde es invitado para brindar una conferencia sobre el célebre mito de Narciso. Su único decorado está dado por la lujosa habitación 228 del hotel en donde el autor se encuentra alojado, desde donde narra los últimos preparativos de la charla magistral, a la vez que se presentan los distintos encuentros que el autor mantiene en su habitación de hotel con un joven actor de la industria pornográfica de ese país que acaba de conocer.

Realidad y autoficción combinan en sus obras el modo más perfecto que encuentra Blanco para esta intriga que viene manchada por el policial negro. Es innumerable el pasaje de todas las obras del escritor franco-uruguayo por las ciudades de Latinoamérica y Europa, por lenguas y culturas diversas. En los desastres, en las crisis que los gobiernos neoliberales hacen con la memoria, allí él encuentra el lugar de la resistencia porque vivió el destrozo de las políticas culturales. En el arte halla las nuevas formas. Y en las ciudades, Blanco marcha. En París o en Buenos Aires.

Sus proyectos tienen un eje definido por el trayecto de los años: la autoficción. La ira de Narciso ingresa en la dirección de Fiorillo a una zona estética argentina ya definida, en donde esta vez Sergio Blanco, personaje, se potencia en el artefacto de relojería perfecto, a través de la luz y el video (Francisco Castro Pizzo), secundada por la fascinación que provoca el iluminador Ricardo Sica en esta nueva partitura y con la escenografía de Gonzalo Córdoba Estévez, despojada pero amplificada por dispositivos.

“Argentina es un país extraordinario, por su literatura, su cultura y sus arquitectos”, un lugar donde “le gusta sentirse ajeno”, ha confiado el docente de seminarios y presentador incansable de grandes pensadores y pensamientos con la osadía de la sangre en la pluma de su mano. Y como este ingeniero de la dramaturgia refuerza, no hay prueba mejor para pasar por La ira… que la constatación de que el objetivo final de su escritura es la puesta de Fiorillo: “El teatro está para ser visto, escribimos para ser vistos porque somos un arte de la mirada y de la escucha”.

La ira de Narciso, dirigida por Corina Fiorillo y autoría de Sergio Blanco, está los viernes a las 20:30, en teatro Timbre 4 (México 3554). Fotografía: Leandro Otero.

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