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“Tengo una fe inquebrantable en mi porvenir de escritor”, autoproclamó Roberto Arlt en una entrevista por agosto del ‘29. Ya era el autor de El juguete rabioso (1926) y Los siete locos (1929) y, por ese entonces, una figura muy inquietante para el mundillo. En esa especie de autorretrato aclimatado de humo, crítica y elocuencia, Arlt definió a los otros hacedores de libros del país: “Aquí los escritores viven más o menos felices. Nadie tiene problemas, a no ser las pavadas de si se ha de rimar o no. En definitiva, todos viven una existencia tan tibia que un sujeto que tiene problemas, acaba por decirse: ‘La Argentina es una Jauja. El primero que haga un poco de psicología y de cosas extrañas, se meterá en el bolsillo a esta gente”.

Tal vez profético, acaso vigente, a 76 años de su muerte homenajeada este 26 de julio, podemos decir que el autor con resonancia de una vocal y tres consonantes, tiene aún una gran repercusión, a pesar de que su nombre y su obra fueran silenciados por la crítica durante casi una década. Hasta los años cincuenta esperó la justicia literaria para que tuviera repercusión su partida, y salieran los primeros libros críticos, las revistas y se diera el impacto en el cine. Su época lo leyó con desconfianza, pero Arlt logró atravesarla porque cada generación encontró en su obra la identificación del hombre de la ciudad, el problema del dinero, la propiedad, la inmigración, el sometimiento.

Y así como centrifugó la época, salió del límite de los géneros. Trabajó para quedarse y formar un canon argentino, porque escribió de todo: entre el ‘28 y el ‘42, año de su muerte, se contaban unas tres mil notas publicadas en más de treinta medios gráficos, entre ellos Claridad, La Nación, Mundo Argentino. En El Mundo publicó sus Aguafuertes porteñas, una especie de apuntes literarios sobre la realidad ciudadana, con un registro particular de personajes, ambientes, situaciones políticas, comerciales, denuncias. Del ‘26 al ‘32 fue la época de las novelas. Junto a las antes mencionadas, vinieron Los Lanzallamas (1931) y El amor brujo (1932). Y el número se dispara con los cuentos: entre 1916 hasta el año de su muerte, se cuentan un total de ochenta cuentos, entre ellos El jorobadito (1933), El criador de gorilas (1941), Viaje terrible (1941) y Regresi (1942).

Nada quedó sin publicar, ningún texto de Roberto Arlt está inédito, aún sus piezas teatrales que se extendieron entre el ‘32 y el ‘42 fueron y son adaptadas a las tablas. Escribía semanal o quincenalmente en las revistas; para la columna policial de los viernes en Crítica salía a la caza de la noticia, el crimen, el robo, el estupro. Su lectura era espectacular y fue considerada por su estilo como un hecho teatral. Y como buen enamorado y escritor de los afectos, no dejó tampoco cartas sin enviar: a su madre Vecha, a su hermana Lila, a su hija Mirtita, al escritor Leopoldo Marechal, a desconocidas, a lectoras.

Erdosain, Balder, Barsut, apellidó a sus personajes y caracterizó de modo fascinante a las figuras rotas: “la coja”, “la visca”, “el rengo”, “el hombre que vio a la partera”, “el astrólogo”, “el rufián melancólico”. Muchos configuraron el imaginario crudo, marginal y violento donde los personajes se movían, aferrados a las desgracias, habitando miserias o escapando de la muerte. Se dijo que fue el cronista más porteño de todos, pero también pinceló el río y el litoral. Se dijo que escribía con faltas de ortografía y sintaxis desordenada, pero no fueron suficientes los motivos para que sus novelas de ambiente feroz no llegaran a la tevé pública por el 2015 con un equipo liderado por Ricardo Piglia, Fernado Spiner y Ana Pitterbarg. En el 2017, en teatro, hizo debutar a la gran actriz Marilú Marini como directora de “El escritor fracasado” en el Cervantes. Lejos del carácter del título, este porvenir que Arlt se vaticinó, se cumple año tras año con cada homenaje a su trayectoria, la reversión constante de obras, nuevas tesis académicas o investigaciones formales. “Roberto Arlt debe volver”, rezaba una obra de ambiente onírico basada en los personajes de Los siete locos, en la Tertulia hace dos años. Y el escritor que nunca estuvo desorientado, volvió.

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